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La circunscripción única, esa aberración antidemocrática

La resaca de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre nos ha dejado todo tipo de análisis, algunos previsibles, otros razonados, otros reivindicativos y no pocos un tanto absurdos. De entre lo más comentado destaca, a mi juicio, lo relativo a nuestra ley electoral. Básicamente el resumen es tan simple como que cualquier partido diferente a PPSOE se ha visto perjudicado.

El caso más sangrante, al menos de entre los partidos grandes, es el de Izquierda Unida (Unidad Popular en estos comicios pasados) de Alberto Garzón. La ley electoral ha provocado que el “precio” del escaño para esta formación fuera de unos impresionantes 450.000 votantes, mientras que para partidos como PP, PSOE o Podemos oscilara entre los 50 y 70 mil. Injusto, sí.

Que España necesita una reforma urgente de la ley electoral sobrepasa lo evidente

Que España necesita una reforma urgente de la ley electoral sobrepasa lo evidente, la pregunta es ¿qué cambios necesitamos? Es aquí donde difícilmente nos pondremos de acuerdo, para empezar -por ejemplo- a mí me gustaría un cambio radical: sustitución del sistema proporcional por el sistema mayoritario. Ciudadanos, por ejemplo, propone el sistema alemán que sería un término medio. Podemos, si no recuerdo mal, propone que se sustituya la circunscripción provincial por la autonómica. En general la mayoría de reformas apuntan, supuestamente, a lo mismo: la mejora de la proporcionalidad, el ansiado “una persona, un voto”.

¿Y cuál es el Santo Grial de la proporcionalidad?

Hagamos primero un breve repaso de lo que ocurre en la actualidad. En las elecciones generales España se divide en 52 circunscripciones, que corresponden a las 50 provincias más Ceuta y Melilla. Cada una de estas tiene asignada un número de escaños, sumando entre todas ellas los 350 escaños que conforma el Congreso de los Diputados. El reparto de estos escaños se lleva a cabo con la “barrera del 3%” y el archiconocido sistema D’Hondt, al que se le achaca todos los males de nuestra ley electoral. Nada más lejos de la realidad. La barrera del 3% significa que sólo los partidos con al menos el 3% de los votos válidos totales -en cada circunscripción- entrarán al posterior reparto de los escaños. Por ejemplo, si en una circunscripción hubiera un total de 100.000 votos válidos los partidos que obtuvieran menos de 3.000 votos serían descartados del reparto de escaños. Finalmente el sistema D’Hondt es la fórmula para repartir lo más proporcionalmente posible los escaños entre los partidos que pasaron la mencionada barrera.

Aprovechando que no sé qué río pasa por Valladolid me gustaría hacer un inciso con el sistema D’Hondt y su mala fama. Todos hemos oído y leído mil veces que este sistema -mal llamado “ley D’Hondt”- es el responsable de la distorsión que se produce en las elecciones, esto es, que a unos partidos les cuesta menos el escaño que a otros. Es falso, el sistema D’Hondt no prima a ningún partido sobre otro. Esta fórmula simplemente sirve para repartir un número determinado de escaños entre un número determinado de partidos. Hay otras fórmulas que arrojarían resultados prácticamente idénticos.

Lo que ocurre con esta situación es que muchos partidos ven cómo una cantidad ingente de votos se pierden por el camino de las circunscripciones, que un partido haya obtenido algunos cientos de miles de votos puede no servir de nada si no se ha producido alguna concentración importante de los mismos en alguna circunscripción. Si tomamos de nuevo el caso de IU observaremos que obtuvo un total de 923.133 votos, ¿cómo es posible que eso se tradujera en 2 escaños y en cambio un partido como “En Comú Podem”, con los mismos votos, consiguiera 12 escaños? Por lo ya comentado, IU picoteó en todas las circunscripciones pero sólo en Madrid consiguió la concentración suficiente de votos para ganar dos escaños, “En Comú Podem” tuvo una gran concentración de su voto en Barcelona, donde logró 9 de sus 12 escaños. ¿Es el sistema D’Hondt el culpable de que unos partidos concentren mejor los votos que otros? No hase falta disir nada más.

Para resolver este agravio llega el cambio revolucionario: la circunscripción única. ¡Claro! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Si en vez de 52 circunscripciones hacemos una suma total de los votos a nivel nacional y a partir de ahí repartimos los escaños, acabaremos de un plumazo con la desigualdad actual, lograríamos que el voto de todos los españoles tuviese exactamente el mismo peso. El siguiente gráfico muestra el resultado oficial de las elecciones (arco pequeño) y cómo hubiera sido con la circunscripción única (arco grande).

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Sin embargo, y como suele suceder tantas veces, esta “más que evidente” solución no es tan óptima como parece a simple vista y sus consecuencias serían terribles para nuestra ya de por sí penosa memocracia.

El tamaño de la circunscripción: cuanto más grande sea, tanto peor 

cuanto mayor es la circunscripción, menor es la representatividad democrática

La primera consecuencia de la circunscripción única sería el alejamiento de la democracia del ciudadano. Si nuesta democracia fuera representativa -no lo es, pero se supone que debería serlo-, con esta medida perderíamos una cercanía vital con nuestros representantes. Lo razonable sería que los sevillanos quieran ser representados por sevillanos en el Congreso, que los barceloneses quieran ser representados por barceloneses, los de Valencia por valencianos, los de Valladolid por valladoline… en fin, la idea se entiende. Esto es posible gracias a las circunscripciones, los votantes mandan al Congreso los más votados en esa provincia que normalmente son ciudadanos de esa provincia. El riesgo de la circunscripción única es fácil de entender, las provincias menos pobladas tendrán más dificultades para enviar representantes al Congreso, es decir: cuanto mayor es la circunscripción, menor es la representatividad democrática. Con esta medida tendríamos un Congreso poco o nada representativo de las distintas regiones de España. Proporcionalidad y representatividad no es que sean conceptos dispares, es que no tienen nada que ver.

¡Un nuevo bipartidismo! 

crearíamos el bipartidismo de las ciudades en sustitución del bipartidismo de los partidos

Claro, uno puede pensar que no es tan importante la procedencia de los candidatos en tanto en cuanto trabajan para un partido nacional -o nacionalista-, cabe esperar que el partido velará por el interés de todos los españoles… ¿seguro? Probablemente no. Intentemos ver este nuevo panorama desde el punto de vista de los partidos políticos, cuya principal aspiración es la de obtener el máximo de votos en las elecciones, lo cual se traduce en cómo podríamos contentar a la población para ganarnos su voto. Con las circunscripciones, en mayor o menor medida nos veríamos obligados a atender las 50+2 provincias, ¿planearíamos la campaña de la misma forma con la circunscripción única? Lógicamente tendríamos en cuenta las ciudades más pobladas, la batalla por los votos en estas sería mucho más intensa de lo que actualmente es. Probablemente surgiría un nuevo bipartidismo: el bipartidismo de las ciudades en sustitución del bipartidismo de los partidos. ¿Para qué narices íbamos a hacer campaña, promesas y concesiones en provincias -¡ni hablo de ciudades!- como Soria (92.221 habitantes), Teruel (137.838) o Segovia (158.085) cuando en la provincia de Madrid están concentraditos más de 6 millones de habitantes y en la de Barcelona más de 5? El perjuicio que sufrirían las zonas menos pobladas en beneficio de Madrid y Barcelona sería monumental. Si en la política nacional hay tanta crítica a lo que se conoce como PPSOE, en este hipotético futuro hablaríamos de MadrilonaBarcedrid.

Conclusión

  • Si queremos un sistema representativo no podemos eliminar las circunscripciones. Incluso sería deseable multiplicarlas para lograr la máxima cercanía posible entre representantes (políticos) y representados (ciudadanos). El Reino Unido, que tiene la mitad de nuestra superficie y casi un 50% más de población, cuenta con más de 600 “circunscripciones”.
  • Acabemos con el mantra de la proporcionalidad. Una proporcionalidad perfecta no garantiza una representatividad perfecta.
  • ¡El sistema D’Hondt no es el malo de la pinícula!
  • La circunscripción única fulmina la representatividad y las zonas más pobladas gobernarían sobre el resto.

Sin embargo, y para acabar, sí hay algo que se podría hacer para paliar los efectos distorsionadores de nuestro sistema. Y es algo tan sencillo como la asignación de escaños en cada circunscripción en base a su población. Cuando se dice que en X provincia el voto de un ciudadano vale tantas veces menos o más que en otra provincia, lo que se pone de manifiesto es que el reparto de escaños no es justo, ¡y recordemos que en esto el sistema D’Hondt no es el culpable!

Una imagen vale más que mil palabras (clica en ella para verla más grande):

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Los dos extremos de la tabla son Madrid, con más de 6 millones de habitantes y 36 escaños, y Soria (obviaré Ceuta y Melilla por su singularidad), con algo más de 92.000 habitantes y 2 escaños. Esto significa que los madrileños tienen un diputado por cada 177 y pico mil habitantes mientras que los sorianos tienen un diputado por cada 46.000 habitantes. “En Soria el voto de un ciudadano vale cuatro veces más que el de un madrileño”, lo que tantas veces hemos escuchado. Y de esto tampoco es culpable el sistema D’Hondt.

Un reparto más proporcional redundaría en un resultado más proporcional, qué duda cabe. Eso sí, más de uno se habrá percatado de que con un reparto más justo las provincias más pobladas seguramente tendrían más peso que el actual, ¿no era este el peligro de la circunscripción única? Efectivamente y no. Es razonable que las circunscripciones más pobladas tengan mayor representación que el resto, ¿qué sentido tendría, en pos de la igualdad, que Asturias tuviera el mismo número de representantes que Valencia, cuya población es más del doble? Ninguno. Lo que nos garantiza el sistema de circunscripciones, a diferencia de la circunscripción única, es que todos los territorios gocen de representación en el Congreso.

Por tanto, cuantas más circunscripciones mejor, más representatividad, más garantías de que los problemas locales propios de una zona relativamente poco poblada (la minería en Asturias, la ganadería en Galicia, la explotación medioambiental en Canarias, etc) se expongan y resuelvan en la política nacional.

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