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La dictadura del pensamiento único

Acabamos de estrenar el año 2016, en pleno siglo XXI la teoría nos dice que la sociedad -al menos en su mayoría- avanza hacia más y mejores cotas de entendimiento, paz, igualdad, cultura y demás áreas que, presuntamente, ayudan a aumentar nuestro nivel de vida. En general es así, una cosa es ser crítico y otra es ser idiota. Pero cada etapa histórica tiene sus agujeros negros, y en la actualidad, como sociedad, a mí me preocupa lo que podríamos llamar la dictadura del pensamiento único, que tiene mucho que ver con lo políticamente correcto: toda aquella opinión susceptible de ofender a alguien, independientemente de su posible veracidad, es censurada de raíz.

La dictadura del pensamiento único la hemos sufrido todos, y no es descartable que hayamos sometido a alguien a ella de forma inconsciente. Es muy posible que esta dictadura no sea nada nuevo, es muy posible que ya existiera cientos e incluso miles de años atrás, pero la inmediatez de la comunicación que estamos viviendo en los últimos tiempos hace que las ideas lleguen a los colectivos, o que directamente funde colectivos, en cuestión de horas, de minutos. Estos colectivos, cada vez más grandes, acaban por imponer sus ideas, que por si fuera poco van acompañadas de un lenguaje concreto, de una simbología concreta.

La libertad de expresión no interesa

Incontables personas y personalidades se llenan la boca de “libertad de expresión”, pero esto suele ser un ejercicio de hipocresía y cinismo sin límites. Esa supuesta libertad debería permitirnos expresar nuestras ideas y razones sean estas cuales sean, pero la dictadura del pensamiento único ha establecido una norma muy clara: eres libre de decir lo que te dé la gana, siempre y cuando pienses como yo. Esto es una amenaza excesiva.

Es muy triste que alguien sea tildado de valiente, hoy en día, porque es capaz de opinar abiertamente a sabiendas de que sus palabras colisionarán contra el pensamiento dominante. Opinar “contra” el pensamiento dominante no debería ser visto como un acto de valentía, debería ser un acto de normalidad, un acto de libertad de expresión. Pero a tal punto hemos llegado.

No quiero adoptar una postura demasiado filosófica -por incapacidad, en gran medida-, ¿pero acaso no estamos negando nuestra propia esencia cuando negamos la diversidad de pensamiento? ¿Dónde estaríamos si los grandes pensadores y revolucionarios a lo largo de la historia hubieran sucumbido al pensamiento dominante? Dicho esto me remito a las primeras líneas de esta entrada, en plena era de las comunicaciones cuasi instantáneas ese pensamiento dominante puede extenderse cual epidemia bíblica. Peligro.

Cómo se forma el pensamiento único

Para que se produzca este fenómeno debe suceder algo que atente contra la libertad de expresión, resulta más que obvio. La táctica es tan sencilla como eficaz, se trata de demonizar a quien ose poner en tela juicio el pensamiento dominante. No importa cuánto razones una idea, no importa cómo la plantees, la verdad ya ha sido establecida y no admite -repito, no admite- que sea cuestionada.

Sorprende la facilidad con la que cada vez más personas se suman a esta dictadura incluso después de haber sufrido en propias carnes las consecuencias de pensar diferente. Suena a chiste de mal gusto, pero es así. La falta de objetividad, de crítica, la necesidad autoimpuesta de la inmediatez de las ideas, es el caldo de cultivo perfecto para que una inmensa mayoría de díscolos se conviertan por la causa. Y tiene lugar en situaciones tan mundanas como una reunión de amigos, una cena familiar, un debate televisivo o una asamblea de instituto. Ante la más mínima desavenencia que algún individuo pueda mostrar en un tema particular, los pequeños -pero numerosos- dictadorzuelos tratarán de vilipendiar al mensajero hasta que guarde silencio o exprese libremente su error.

¿Y qué hacemos con esto? ¿Cómo acabamos con el pensamiento único? La necesidad que surge no es la de acabar con tal pensamiento, como sociedad es lógico y esperable que se formen tendencias mayoritarias. Supongo que todos estamos de acuerdo en el desprecio hacia la violencia -al menos cuando no es legítima-, en la erradicación de la pobreza o en que exista la ley para protegernos de cualquier tipo de abuso contra nuestra voluntad. El problema, por tanto, no es en sí mismo esa mayoría, lo es que se pretenda censurar a todo aquel que piense diferente y cometa la locura de abrir la boca.

Respeto y educación, ¡simplemente!

Que podamos expresarnos libremente debe ir acompañado, inexorablemente, al más que necesario respeto y a la más que necesaria educación, que es exactamente lo que exigiremos a quienes no piensen como nosotros. No hay razón alguna que justifique la censura de una idea, de una opinión, expresada con respeto y educación. Nos guste más o nos guste menos debemos aceptar que otros ven la realidad de distinta manera.

Existe una confusión perversa entre respeto y aprobación. Verbigracia, no podemos respetar la opinión de un xenófobo porque estaríamos consintiendo la xenofobia. Esto es más falso que la Transición española, que ya es decir. Un xenófobo, siguiendo con el ejemplo, puede ser tan respetable como cualquiera siempre y cuando no atente contra la dignidad de nadie, dicho de otra manera, es legítimo que un ciudadano observe con recelo la inmigración en su ciudad o país -nuestro juicio al respecto tendría cabida en otro debate-, no sería legítimo que tomara una decisión violenta contra la libertad o posesiones de ser humano alguno por el mero hecho de ser inmigrante.

Este último ejemplo nos sirve para ver, bajo mi punto de vista, las dos caras de la moneda: nuestra conciencia y nuestras acciones. La vida en sociedad, que es a lo que aspira el ser humano, implica una serie de acuerdos, unos expresos y otros tácitos. El mínimo acuerdo que todos aceptamos es el del respeto al prójimo, yo no tengo derecho alguno a someter a nadie en contra de su voluntad, así como nadie lo tiene para conmigo. Este acuerdo de mínimos, sin embargo, parece que sólo afecta al mundo de las acciones humanas, ¿por qué no lo extendemos al mundo de la conciencia? Hay algo que resulta irrebatible, jamás -eso espero- podremos meternos en la cabeza de alguien para cambiar su percepción del mundo, sus ideas, en consecuencia, ¿qué ganamos cuando censuramos a alguien que manifiesta un pensamiento que entra en conflicto con el nuestro? ¿Acaso lograríamos con ello un cambio en su conciencia? Si esta persona, censurada, ha formado sus ideas a través de la razón, la respuesta es no; mas si esta persona apenas conoce lo que trata de defender, será, inevitablemente, otra víctima de la dictadura del pensamiento único. Porque el fruto de la reflexión, antecedido por la curiosidad y la crítica, es imposible que pueda ser alterado con nada más que el intento de imposición y censura.

Conclusión

Si está demostrado, como así lo creo, que el pensamiento único no es garantía suficiente para evolucionar como sociedad y que un individuo, con ideas formadas a través de la razón, no puede ser desposeído de su conciencia por más que se le niegue su libertad de expresión, todos deberíamos compartir el objetivo de acabar con la dictadura del pensamiento único.

Para lograrlo tenemos que ser conscientes de la realidad. Y como aquí cada uno tendrá la suya -estáis todos invitados a explicarla- pues ahí va la mía, mis conclusiones.

Primera, que la existencia de un pensamiento dominante es inevitable aunque no por ello perjudicial. Segunda, no hay garantía total de que el pensamiento dominante sea el correcto. Tercera, que, en consecuencia de las dos primeras, la pertenencia a esa mayoría no concede la potestad de ejercer una dictadura de pensamiento. Cuarta, la defensa de una idea contraria a la mayoría sólo es posible cuando se llega a tal idea a través de la razón, de la crítica, de la reflexión sólida. Quinta, deberíamos debemos ser libres de poder expresar cualquier idea siempre que hagamos uso del respeto y la educación que exige una vida en sociedad.

A partir de aquí, bienvenido sea todo aquel que piensa diferente a la mayoría. Yo no quiero vivir en un mundo en el que se pretenda restringir la libertad de conciencia, o peor aún, en el que podamos llegar a pensar exactamente igual. Sería aburrídisimo.

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